Por: Mónica Hernández del Campo
Directora de Escuela Pedagogía en Religión y Filosofía
Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas
Universidad Católica del Maule

Esta semana para los cristianos es un tiempo para contemplar los rostros de un mismo Señor. Es un tiempo para la oración y la reflexión, para aquietar el corazón y dejar que el rostro del Señor se muestre de cara al corazón de cada uno de nosotros. La entrada triunfante en Jerusalén nos muestra el rostro humilde de Jesús ante la aclamación de un pueblo que lo recibe con alabanzas y júbilo. El rostro afligido y angustiado de la noche en el huerto, se muestra dispuesto a que se haga la voluntad del Padre; el rostro paciente y adolorido de la cruz, el lugar de la muerte, el lugar del aparente fracaso donde Jesús da su vida por toda la humanidad; el rostro sorprendente y glorioso de la resurrección en que nos devuelve la esperanza en la vida nueva y eterna. En estos días podemos encontrarnos con esos rostros que nos revelan a Dios, que sale a nuestro encuentro, que nos invitar a conocerlo y a seguirlo.

Especial atención merece el rostro misericordioso de Jesús crucificado con uno de sus compañeros de sentencia. El ladrón crucificado al lado de Jesús nos muestra la necesidad de todo cristiano de comprender cómo es el Reino anunciado, el grito del hombre crucificado al lado del Señor ¡acuérdate de mí! (cf. Lc 23,42) hoy resuena también en nosotros; con misericordia Jesús acoge ese grito, y en la situación más extrema de su propia muerte le da la esperanza en una vida plena al que confía en él. Lo que se muestra en la cruz no es otra cosa que el amor, un amor que no tiene medida, un amor íntegro y sólido, que sin dudarlo se entrega hasta dar la vida.

En esta semana santa, encontrémonos con los rostros del Señor, y confiando en su bondad infinita digamos a Jesús “acuérdate de mí”, y que en la resurrección también nosotros nos dejemos renovar por la alegría del amor y la misericordia. Hagamos nuestras las palabras del Evangelio, sólo tú Señor “haces nuevas todas las cosas” (cf. Ap. 21,5).

 

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