Serenidad Constituyente

#OPINIÓN: «Por definición, una Constitución no soluciona ningún problema concreto ni inmediato. El fin de una constitución es establecer principios que sirven de columna vertebral de la organización legal de una sociedad. Solo desde este segundo nivel jurídico es posible conseguir las políticas concretas que abordarán las problemáticas que afectan a los ciudadanos».

Por: Cristhian Almonacid D., director Magíster en Ética y Formación Ciudadana UCM.

A medida que se acerca la fecha del 04 de septiembre, las emociones asociadas a la importante decisión constituyente están a flor de piel. Los ánimos en general están crispados, las esperanzas y los temores se entremezclan, en especial cuando la decisión suele presentarse como un dilema con dos opciones que parecen ser la vida o la muerte, la salvación o la caída en un precipicio. Ante esta avalancha de discursos catastrofistas, prefiero la calma. Esta posición anímica la sostengo gracias a la aguda reflexión de la filósofa Adela Cortina que muchas veces ha insistido que las personas y las sociedades no se enfrentan moralmente a dilemas. La filósofa expresa que la mayoría de las veces nos enfrentamos, a lo sumo, a problemas que se pueden abordar con múltiples enfoques que ofrecen diversas soluciones que necesitan ser pensadas.

Entonces, ante la decisión constituyente, prefiero escoger la serenidad. Esta idea, la traigo a colación gracias a un conocido texto de Martin Heidegger que precisamente se titula así: “Serenidad”. En este breve discurso, Heidegger sugiere que el avance desmedido del pensamiento calculador y técnico ha conducido a las personas a abandonar el sentido meditativo. Es interesante, porque el mundo contemporáneo muchas veces se nos presenta como un torbellino de acciones inmediatas, que exigen decisiones rápidas y eficientes. Con todo, hemos perdido la tranquilidad reflexiva que nos permite alcanzar una cierta distancia para acoger la serenidad en nuestras vidas cuando nos enfrentamos a decisiones importantes. La serenidad podemos definirla como un cierto equilibrio que resulta de la aceptación de la realidad como un campo abierto que podemos gestionar reflexivamente, controlando la presión y omitiendo los mensajes catastróficos. 

Entonces propongo sopesar serenamente dos ideas que se han instalado a punta de mensajes que insisten en la hecatombe de aprobarse la actual propuesta constitucional. 

“La propuesta no es la casa de todos, divide a los chilenos”: Esta expresión tiene varias aristas que se pueden pensar. Efectivamente una constitución posee la expectativa de reunir a todos los sectores. Sin embargo, si lo pensamos bien, esta aspiración es más bien una utopía a causa de la pluralidad de pensamiento que es fundamental para sostener la democracia ¿Se imagina Ud. una sociedad dónde todos pensáramos igual? No se necesitaría la democracia. Entonces, el énfasis hay que ponerlo en la capacidad que tenga una Constitución para generar espacios de participación democrática que permita, con el tiempo, adaptar y mejorar el proyecto de unidad (art.5 de la propuesta). El valor de una Constitución se estima gracias a su capacidad de canalizar la diferencia y no de homogeneizar los modos de vida. Por lo que se puede leer, la democracia participativa que se abre en la actual propuesta constituyente es mayor que la que tenemos en la Constitución vigente. Las posibles modificaciones a la propuesta constitucional abren la opción que nuevos y más amplios sectores se sumen al proyecto de país que aquí se ofrece.  La propuesta constitucional ofrece 21 artículos orientados a establecer nuevas garantías de participación ciudadana.

Por otro lado, ¿es negativo hacer modificaciones a una Constitución? Para nada. De hecho, es lo esperable, porque una razonable flexibilidad constitucional posibilita asumir la dinámica social y política en un sentido orgánico que vitaliza la democracia. Por ejemplo, todas las constituciones de la UE han entrado en procesos de modificaciones. La constitución alemana, señera del constitucionalismo europeo, ha sido modificada 41 veces, la austríaca 60 veces o la italiana 44 veces y por revisión constitucional 3 veces más. 

 “La propuesta constitucional no soluciona los problemas inmediatos de las chilenas y chilenos”. Esta es una expresión cierta, pero por otra razón distinta a la que aparece en la primera impresión. Por definición, una Constitución no soluciona ningún problema concreto ni inmediato. El fin de una constitución es establecer principios que sirven de columna vertebral de la organización legal de una sociedad. Solo desde este segundo nivel jurídico es posible conseguir las políticas concretas que abordarán las problemáticas que afectan a los ciudadanos. Concebir una propuesta constitucional como si se tratara de un programa de gobierno es un error conceptual. Lo mismo que valorizar con un monto económico los principios que una Constitución establece. Por ejemplo, preguntarse cuánto cuesta la orientación individual privada de la actual Constitución y cuánto costaría una Constitución con sentido solidario social es un despropósito, porque los principios son ideas regulativas que orientan el modo de ser de una sociedad. Los principios se sostienen gracias al compromiso de sentido que cada ciudadana y ciudadano está dispuesto a cultivar en sí mismo para sumarse a un proyecto de sociedad. Es lo que hicieron los países desarrollados que han optado por convertirse en sociedades de bienestar. Primero hacen la opción por un principio de equidad y después buscan los medios para conseguirlo. Entonces, siguiendo estos dos sencillos ejercicios reflexivos que propongo, mi invitación es conservar la serenidad, dialogar y debatir sanamente, si se da el caso, en nuestros espacios circundantes.

Chile no está ad portas de un final de los tiempos. Estamos viviendo un proceso muy rico de democracia y eso es muy positivo para nuestra madurez política. Por esta razón y para ser parte del proceso, es importante leer directa y de primera fuente el documento de la propuesta constitucional. Si de alguien hay que desconfiar es de las y los agoreros del inmovilismo, por un lado, como de los discursos catastrofistas, por otro. Lo importante es mantener el sentido de futuro al que queremos contribuir para ser parte de los destinos de un nuevo Chile, más atento al reconocimiento histórico de sus raíces, al resguardo de derechos fundamentales, al cuidado de nuestro medio ambiente, a la participación y el encauce deliberativo de nuestras diferencias.

Por: Cristhian Almonacid Díaz, director Magíster en Ética y Formación Ciudadana de la Universidad Católica del Maule

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