Por: Francisco Letelier
Sandra Vera
Académicos del Centro de Estudios Urbano-Territoriales (CEUT)
Universidad Católica del Maule

  • y…. ¿Qué tal la pega?
  • Mmmm, no es tan mala, pero las condiciones laborales son bien malas
  • ¿Cómo así?
  • No tenemos contrato, no tenemos sueldo fijo, ganamos un porcentaje por carrera, malo
  • ¡Chuta! A usted le serviría la reforma laboral ¿no?
  • No sé, porque mientras más reglas les ponen a los empresarios dan menos pega
  • Pero con un sindicato tendrían poder para negociar
  • Nooo, ponerse de acuerdo es imposible, solito mejor
  • Chuta que está pesimista
  • Las cosas son como son
  • Pero las cosas pueden cambiar
  • Me conformo con que haya pega y menos delincuentes, es lo único que pido …

Esta sencilla conversación con un joven taxista camino al terminal de buses de Talca en 2016 contiene tres ideas que son parte del sentido común de muchos chilenos y chilenas. La primera es que la lógica de derechos no funciona en la vida real, sea porque son irrealizables o porque suplantan al mérito. La segunda es que el bienestar es entendido básicamente como un problema individual. La tercera es que la política sirve fundamentalmente para asegurar que todo esté en orden. Son tres sencillas ideas pero de gran poder ideológico y por lo tanto no fáciles de rebatir. Ampliar los límites de la democracia dependerá de cómo las procesamos.

Los derechos no son parte de la vida real

Cuestiones básicas como el trabajo no se entienden como un derecho, es más, acceder a ellas implica sacrificar parte del bienestar. Lo mismo sucede con la educación o la vivienda. El argumento que subyace es “los derechos siempre tienen un costo”. En la vida real el trabajo, la vivienda, la educación y la salud deben obtenerse y mantenerse con sudor y lágrimas.

Paradójicamente la otra cara del mismo argumento es entender los derechos como un regalo, cosa que ocurrió con la reforma educacional: muchos pensaron que dar libertad a todos para matricular a sus hijos en cualquier colegio afectaba la propia de mantener las distancias sociales a través de un esfuerzo personal. Conclusión: una mejor educación hay que ganársela.

Se suelen combatir estas ideas afirmando una sociedad de derechos, pero en un país donde muchas veces escuchamos que tenemos un “derecho a” pero en la práctica no lo podemos ejercer, esta declaración es insuficiente. Es necesario construir una reflexión más profunda y extendida sobre el significado de los derechos, sobre cómo se articulan los individuales y los colectivos y cómo a su vez se enmarcan en los deberes y en lo que debería ser el comportamiento cívico.

El bienestar se consigue individualmente

El segundo asunto es que en el Chile de hoy es más efectivo que el sudor y las lágrimas se produzcan en solitario, porque los sudores y lágrimas ajenas, lo colectivo, pueden terminar molestando. Éste es un clásico de la doctrina neoliberal que sigue operando en los discursos a pesar de haber sido tan desmentido en las experiencias locales: ‘que cada uno busque incansablemente su beneficio personal, así automáticamente todos estaremos mejor’.

En general se opone a esta idea el valor intrínseco de lo colectivo, pero la cuestión es que per se no todo lo colectivo es bueno y no todo lo individual es malo. Que el individuo se pierda en su individualidad es malo, tan malo como que el sujeto se pierda en la totalidad. A veces, por contestar los discursos individualistas tendemos a propugnar un colectivismo totalizante o romántico. El tránsito de una sociedad híper individualista hacia una más equilibrada precisa un camino lento en el que hay que ensayar en lo cotidiano el valor de lo colectivo pero sin negar el valor del sujeto individual.

La política no cambia nada, pero ordena

La tercera imagen es una consecuencia lógica de las dos anteriores: si los derechos no son aplicables y es mejor buscarse el bienestar en solitario, entonces la política solo puede servir para resguardar los intereses privados. ¿Quiénes ganan con esta idea? Los que creen (o quieren hacernos creer) que las únicas cosas que el Estado debe hacer son: uno, dar condiciones para que los mercados funcionen [y por lo tanto para que el país crezca]; dos, evitar que los ´antisociales´ impidan que cada quién haga lo suyo y tres, resguardar las fronteras, no solo de los vecinos, sino de aquellos que ya las han cruzado.

A una política concebida como guardiana del orden se le opone usualmente la idea de una política progresista, que busca la justicia social y la igualdad, sin embargo, el sentido común nos habla de otra cosa: la justicia es fruto del esfuerzo que cada uno hace y no de lo que hace la política. Entonces más que recuperarla, tal vez lo importante es reconstruir aquello que vincula al sujeto individual con la sociedad y da sentido a la política democrática: lo común.

Las grandes causas por las que peleamos y los anhelos profundos de transformación que pregonamos están para la mayoría de los chilenos postergados por el peso de la rutina, de la precariedad y la búsqueda incesante del ‘éxito’. Es por esto que el campo de disputa para reconstruir una nueva dialéctica entre lo mío, lo tuyo y lo común es la vida cotidiana, es allí donde las solidaridades se han roto, es allí donde el diálogo, la convivencia democrática, el respeto hacia el otro y el valor de lo que se comparte están debilitados. Es allí donde la política democrática chilena necesita recomponer el sustrato necesario para volver a enraizarse. Más allá de lo que ocurra en las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias una agenda de lo común es un desafío a encarar.

 

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