Secuencia Uno: son las 9 de la noche y estoy en la puerta de una casa esperando que me abran la puerta. Caen 2 tipos en auto. En cuestión de segundos se bajan, y me abordan.

Yo reacciono como gato y doy tres pasos hacia atrás, sin perder la calma, pero con suficiente destreza como para abrirme de la encerrona. Los tipos están exaltados. Me preguntan por una calle. Quieren acercarse a mi. No espero más. Les digo que no sé y doy otros tres pasos que me dejan en el semáforo. Cambia la luz, cruzo a un restaurante con mesas en la vereda. Me ubico al lado de una mesa donde dos jubilados disfrutan de una parrilla. Me quedo ahí. Los tipos se ubican ahí, frente a mi, y me vuelven a preguntar por la bendita calle, con los ojos desorbitados, con los cuerpos tensos, las rodillas levemente flexionadas. Está todo iluminado. Estoy parada al lado de la mesa donde comen dos personas. Me giro, las miro y les digo.

-¿Ustedes conocen tal calle? Ellos la andan buscando.

Uno de los comensales mira a los hombres (estaban detrás de él) y los interroga. Los tipos balbucean nombres de calles inexistentes. Yo miro al otro comensal y me acerco aún más a su mesa. Los tipos lo registran. Se dan media vuelta y se van. Yo me quedo con los jubilados, que no entienden nada. Entonces les explico y les pido permiso para quedarme con ellos. No alcanzan a contestar cuando se siente el ruido del auto de estos sujetos virando a contramano, a toda velocidad, en dirección quien sabe a donde, porque ese cuento de los perdidos no se lo tragó ni el mozo que asomó a ver qué estaba pasando.

Me quedé medio temblorosa. Oliendo el peligro. Asumiendo que acababa de suceder algo de extrema gravedad, pero que en la sociedad que vivimos, no fue nada. Me despido de los comensales y vuelvo a la puerta de la que salí arrancando. Me abren. Entro. Estoy a salvo.

Secuencia Dos: son las 10:30 de la noche y espero el subte. Me agarra el paro. Nadie dijo que el tren no pasaría más. Nadie dijo que no se cumpliría el cronograma que figuraba inútil, pegado en una pared. Salgo de la estación 40 minutos después. Son las 11:10 de la noche de un miércoles en plena Avenida Corrientes. No siento miedo en esta calle eterna, llena de luces, de gente, y de kioscos abiertos las 24 hrs. Espero el colectivo pero no tengo sube. Me gasté lo último en un tren que no pasó y el boletero ya había abandonado su puesto de trabajo. Busco algún lugar donde cargar la bendita tarjeta. Pero no, está cerrado. Voy a la parada del colectivo. Le pido a todos los presentes (unas 10 personas de ambos sexos) que me paguen el pasaje y yo les pago a ellos. Un tipo me dice que si. Y otro también. Me siento con ellos a esperar. Tengo a uno a cada lado. No me hablan. Ambos llevan sus auriculares. Ambos están hartos, porque también esperaron en vano el subte y ya pasan 20 minutos desde que aguardamos el 90.

Uno de los tipos fuma sin parar. Un cigarrillo detrás de otro. Mira de reojo. El otro, cada tanto se levanta a mirar la calle y vuelve a sentarse. Vemos fastidiados que la fila de gente que tenemos enfrente se reduce rápidamente, tomando los 3 colectivos que ya pasaron y que no son el nuestro.

Entonces, el tipo que fuma me dice.

-¿Para dónde vas?

Le cuento. Me invita a tomar otro colectivo que pasa más seguido. Escucha el otro flaco. Dice que va para el mismo lado, que va con nosotros. El tipo que fuma explica el plan: nos bajamos en Once, y caminamos derecho por Rivadavia. Ya son las 11:40 de la noche.

Pienso. Ok. Yo quiero llegar a mi casa.

Nos subimos al 71. El tipo que fuma paga por mi. Yo le pago a él.

Viajamos los 3. No hablamos una palabra. Ellos siguen con sus auriculares. Yo agradezco tener el celular prendido, cargado y con Internet.

Nos bajamos en Plaza Miserere. Uno de los lugares más peligrosos de Capital Federal a cualquier hora. Ya son las 12 de la noche.

Nos pusimos a caminar. A pocos pasos, el tipo que fuma para en un kiosco que está abierto 24 horas y compra más puchos. Ahora si. Se saca los auriculares y empezamos a intercambiar ideas. Primero, de la ruta que vamos a tomar. Se interesa el otro tipo. También se saca los auriculares. Agarramos ritmo y charla. Parecemos 3 amigos. Somos 3 desconocidos. Dos hombres y una mujer, caminando de madrugada entre las miserias de la avenida más larga del mundo.

Llegamos a un punto en que me conviene doblar. Uno de los tipos decide seguir. Sólo le faltan 4 cuadras.

-¿Estás seguro que no querés que te acompañemos? – Pregunta el tipo que fuma.
-Seguro – Contesta.

Nos despedimos con un beso amistoso.

Seguimos mi ruta. El tipo que fuma y yo.

Y si. Por supuesto que yo sabía lo que estaba haciendo.
Desde el principio de esta secuencia de miércoles a la noche.

Caminamos rápido. Yo quería llegar a mi casa.

Conversamos un poco más. Nos felicitamos por nuestros hijos. Nos contamos sus gracias y nos asombramos de sus nombres. Nombres raros. Tan raros como nosotros, pienso. Tan inusuales como una mina caminando sin miedo con dos desconocidos en la madrugada. Tan inusuales como un tipo que fuma que la respeta, y no se pasa ni un milímetro en el pacto de confianza establecido en la parada del colectivo. Tan inusuales como una mina y un tipo preocupados de la suerte de otro tipo que va a caminar sólo en calles peligrosas. Tan inusuales como sabernos libres y soberanos para colaborarnos, protegernos, acompañarnos.

Nos separamos cuando ya tocaba encarar el tramo final y nuestras rutas se abrían.

-Muchas gracias – le dije, al tiempo que reparé en un detalle: ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres.

 

Por: María Elizabeth Cancino

Actriz, Periodista y Licenciada en Comunicación Social