Hace días le doy vueltas a un pensamiento y como todo tiende a estar conectado, o tal vez por ese deseo inmenso y humano de dar sentido, encontré estas bellas palabras, que además condensan todo aquello que quiero decir: “Ud. Maestro mío, que tanto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló”

La leo en voz alta y se me quiebra la voz. Desfilan ante mí los maestros. Uno a uno. Presentes en estas alas que me tienen aún luchando, soñando, haciendo y amando.

Hace unos días me encontré entre los comentarios de esta columna, un mensaje de mi profesor de música del Liceo Antonio Varas.

Me quedé con el corazón congelado. Con el vacío en el pecho del que no sabe qué decir. Mejor dicho, del que no sabe cuales son las palabras.

Entonces, me decidí a buscarlas.

A mis maestros del liceo. Ese liceo al que muchos tenían miedo. Al que muchos aún le temen… Por público, por gratuito, y por la tradición de formar grandes personas (le tenemos miedo a lo bueno tanto como a lo malo). Un liceo enorme, en el que recité poesía, hice locución en interminables actos, actué, me disfracé, desfilé, dirigí talleres de educación sexual, enseñándoles a los alumnos de 19 años de 4to medio, acerca de los condones. Eran las famosas JOCAS, y merecen un punto aparte: con 14 primaveras trataba de poner orden mientras los sátrapas hacían globitos con los profilácticos.

En fin. Fui feliz.

Y seamos honestos: tomamos a la ligera nuestra felicidad. ¿Cuántas veces hemos sido felices? ¿Fuimos afortunados? ¿Fuimos felices muchas veces? ¿Qué es y cómo se mide la felicidad?

Tengamos memoria también de la felicidad.

A mis maestros, con amor los recuerdo, y confío en los nuevos. Conozco a los nuevos! Conozco a los que hoy tienen en sus manos la felicidad de nuestros hijos. Maestros hechos de vocación. Excelentes puntajes de la entonces P.A.A. a quienes les insistían incansablemente: “estudia otra cosa; si con ese puntaje puedes estudiar lo que sea” ¿Tan difícil era entender la vocación? ¿Tan despreciable es la docencia?

Conozco a los que inspiran en las aulas repletas de ojos tan ansiosos como los míos. Conozco a los que hacen patria en los campos del Maule. Conozco a los que reniegan y sufren las inclemencias de un sistema que exige, exige y exige a costa de la salud mental y física de los docentes y en desmedro de los niños y adolescentes. Conozco a los que vuelven a casa con el estómago revuelto de ver tanta desigualdad en nuestro querido Cauquenes.

A mis maestros con amor, gracias por darme tanta felicidad.
A mis compañeros de escuela que hoy son maestros, fuerza, coraje, orgullo y dignidad.

Voy y Vuelvo

Por: María Elizabeth Cancino

Actriz, periodista y licenciada en Comunicación Social