Apruebo o rechazo: “Como sea, se viene un proceso de mucho estrés social”

A días de la elección del próximo 4 de septiembre, fecha en que la ciudadanía se pronunciará sobre la propuesta del nuevo texto constitucional, el académico Javier Agüero comparte su análisis respecto del importante momento que vive Chile, los temas de fondo que implica la elección y el desarrollo de la franja electoral, entre otros temas.

¿Qué análisis nos puedes compartir sobre el momento que vive Chile a días de la elección de la propuesta de nueva Constitución?

En principio es un momento histórico, aunque sea un lugar común es necesario insistir en esto de la excepcionalidad del proceso en Chile. Nunca habíamos estado en la frontera de aprobar o rechazar una Constitución que es heredera de una gran explosión social (la más grande e intensa en nuestra historia), que se validó al interior de un tramo temporal donde distintos acontecimientos políticos, sociales y culturales se sucedieron dándole al proceso mismo no solo una enorme legitimidad, sino también cierta lógica, cierta racionalidad. En este sentido, pienso, que Chile despliega su trama actual sobre un escenario en extremo complejo de definir, heterogéneo en su articulado y muy resbaloso al momento de intentar alguna precisión. El contexto es de indeterminación, no sabemos realmente lo que va a pasar y esto agudiza la polarización, sobre todo a nivel de élites políticas lo que se desplaza, en un menor grado, a la sociedad civil. Plantearía entonces esta coyuntura como un momento constituyente excepcional y que abre hacia una zona especulativa que afiebra los ánimos y profundiza la expectación. 

¿Qué temas crees tú que son los de fondo que se juegan este 4 de septiembre en Chile?

Bueno, primero la posibilidad de pasar de una sociedad subvencionada, anclada en una enorme tradición neoliberal, a una de derechos universales. Y aquí hay algo importante a lo que habría que darle un breve marco de análisis, a mi modo de ver. 

El neoliberalismo en Chile ha tenido varios ecosistemas, por supuesto y en primer lugar el shock de las políticas inoculadas en la sociedad chilena por los Chicago Boys a mediados de los 70 y que se hizo, derechamente, con tanques, muertos y campos de concentración; después la legitimidad de facto que se le da al modelo con la Constitución del 80 la que, sabemos, es infame e inmoral ya sea como proyecto o como tinglado normativo-jurídico y, seguido y hasta hoy, la profundización del neoliberalismo al interior de la fronda democrático-transicional (hay que decir que, hasta la llegada de Boric a La Moneda, el segundo gobierno de Michelle Bachelet fue el que más se acercó a una dinámica socialdemócrata y que abandonó, en algo, la lógica puramente de mercado). 

Es decir, y nada menos, es toda esta historia la que está en juego y la que se pretende, recién comenzar, a dejar atrás. El neoliberalismo no solo es el relato de un abuso, el cuento de los naipes marcados y los dados cargados, sino que igualmente es el sustantivo que configuró una tragedia favoreciendo la consolidación de una Dictadura y que siguió intensificándose en los gobiernos transicionales sin mucho pudor. 

Ahora, pasar de un Estado subsidiario a un Estado de derechos no es cualquier cosa. Lo que está detrás de la idea de una sociedad de derechos es nada más y nada menos que la idea de “universalidad”, es decir para todos lo mismo: en lo educativo, en lo relativo a la salud, a las pensiones, en relación al rol de los grupos históricamente excluidos, en fin. Entonces me pregunto no sin preocupación: ¿Están realmente las élites políticas y económicas sensibles a dejar la galaxia tradicional de su órbita privada –en la que han cómodamente descansado por décadas– para favorecer una sociedad donde la igualdad sea el principio rector y articulador de un nuevo orden social? ¿Están definitivamente dispuestas a soltar el listón? La respuesta tiende a responderse sola y, la verdad, es que en esto mi esperanza tiende un poco a debilitarse, aunque la disputa deba darse de todas maneras, con todo en contra e independiente que el tsunami de la tradición se nos venga encima con la ira de los dioses. Para mí lo primero es que el Apruebo gane el domingo.  

¿Qué opinión y sensación te deja la franja electoral?

Las franjas son lo que son, artefactos creados para la ocasión; una cierta estética que es solidaria del proselitismo. No me sorprende la utilización burda, por ejemplo, en la franja del Rechazo, del puente que en su momento fue un símbolo de la campaña del “NO” en 1988. Como si el “NO” para sacar a una dictadura brutal fuera lo mismo que el Rechazo a una nueva Constitución que busca, justamente, continuar con la Constitución que fue el soporte jurídico-ideológico de esa misma Dictadura. O lo del joven trabajador sexual agredido a cuya historia le dibujaron un fondo lleno de emotividad apuntando a una idea, al menos, bizarra de “amor” y que en su mensaje final se descubrió que era falsa (no me refiero a la agresión sino al hecho que este joven sí demandó y pidió indemnización). Lo mismo con Warnken y su mensaje de cara al futuro, rodeado de niños que, probablemente, poco o nada saben de las implicaciones de carácter telúricas propias del proceso. Creo que estuvo al límite de lo chocante. Lo que impresiona, a mi juicio, es la falta de pudor, de elegancia y de ver cómo el mal gusto coloniza lo que debiera ser una sana confrontación de ideas. 

En el caso del Apruebo creo que el problema ha estado más bien por el lado de la fragmentación. Son muchos los partidos y movimientos que aparecen intentando ordenar un discurso que abrevie un mensaje claro, directo y fácilmente codificable. Pero insisto, no sé si las franjas harán la diferencia, lo que sí sé es que sintomatizan mucho de un país que no sabe antagonizar con argumentos políticos consistentes y que, particularmente en la franja del Rechazo, apela a mentiras y plagios para favorecer una tendencia.

(Permíteme un comentario al margen: lo de “Las indetectables” en Valparaíso el reciente fin de semana, donde se cerraba la campaña del Apruebo en esa ciudad, no merece ni ser comentado. Simplemente una vulgaridad perturbadora que jamás podría entenderse como una querella política o como una expresión artística contracultura. Lo peor que he visto en años). 

Lo último sobre este punto, hay que decir que la campaña del Rechazo la está llevando, más bien, la denominada centro-izquierda por esa opción (curioso que aún se denominen así). Los/as históricos/as de la derecha más bien han tomado palco y ven la película en primera fila, como se dice, comiendo cabritas. Ironías propias de un país a veces insoportablemente incategorizable.

Adelantándonos al resultado ¿qué debería ocurrir el 5 de septiembre de ganar el Apruebo o el Rechazo?

Es una pregunta difícil porque, como decía, estamos en un momento donde la indeterminación es la verdadera consigna. Si gana el rechazo habrá que estar atentos, primero, a si la derecha cumple con sus promesas de cambiar la Constitución que les ha permitido ser y tener el real poder durante más de 40 años –su CV, ahí donde se han intentado hacer cambios sustanciales a su Constitución, en nada la prestigia– y, segundo y también como lo señalaba, si estarán dispuestas a sacrificar el perímetro histórico de su hegemonía que ha habitado en la dimensión de la desigualdad y la privatización de la esfera pública, para dar paso al principio general de la universalidad que es propio de una sociedad de derechos. Recordemos, además, que una Constitución es el articulado general, el mapa valórico que apunta a activar los fusibles para una nueva convivencia. Sin embargo, todo esto debe traducirse en leyes y no hay olvidar que, al día de hoy, la derecha tiene la mitad del Congreso.

De ganar el Apruebo y un poco en la misma línea, creo que el principal desafío será el de dar inicio a un proceso mediante el cual todo lo declarado y redactado en la propuesta constitucional (toda esa partitura de principios y valores que despunta hacia una transformación cultural de orden mayor y a un cambio en la racionalidad cotidiana de las personas) tenga una traductibilidad, primero, en las leyes, es decir que se operativice ese cambio en políticas públicas concretas. Por otro lado, también está el no menor manejo político, de área chica, que supondrá movilizar a una derecha múltiplemente herida hacia la concreción de un nuevo imaginario social donde sus privilegios, y de manera contundente, deberán comenzar a distribuirse en favor del principio de igualdad.

Como sea, se viene un proceso de mucho estrés social. Ahora, y en mi opinión, el Apruebo abre un espacio para la emancipación respecto de la tradición oligárquica (en el sentido técnico de la palabra, es decir, tal como lo señalaba Aristóteles, el poder político y económico en manos de pocos) mientras que, el Rechazo, lo cierra. Dicho de otra forma, prefiero mil veces enfrentarme a los dilemas propios de una sociedad que se refunda a tener que lidiar con la herencia siempre abyecta de una Constitución espuria e ilegítima. 

¿Quedará la tarea de avanzar por un diálogo más constructivo o por ejemplo la firma de un acuerdo social amplio para Chile ya conocido el resultado?

Creo que la pregunta se va a formular solo sabido el resultado. Ambos lados tendrán que hacer sus análisis para intentar dar mínimamente una explicación de por qué perdieron. Para el Apruebo será muy duro y para el Rechazo también. De perder el Apruebo habrá un profundo desconcierto, ahí donde la historia había despejado la ruta, por primera vez, para proveernos de una Constitución plenamente soberana, al final la historia no rimó consigo misma y quedamos anclados en el páramo de lo idéntico. Sería muy pero muy duro. Si pierde el Rechazo, en cambio, la derecha vería cómo su radio de influencia se ve sustantivamente mermado y, también por primera vez en la historia, cómo su tradicional poder ya no será caja de resonancia de las élites teniendo que jugar, ahora, en una cancha más pareja.

Lo que no puede entrar en tela de juicio es la democracia, esto es intransable. A mi modo de ver se pueden producir desestabilizaciones a nivel de la sociedad civil de ganar uno u otro bando y, justo ahí, se necesita un acuerdo general para evitar que las instituciones se desplomen. Confío mucho en que el Presidente Boric pueda jugar como un conductor responsable en esta línea, aunque sin duda un triunfo del Rechazo lo golpeará muy fuerte, a él y a su proyecto. Esto también hay que decirlo.

¿Crees que la elección está cerrada como lo han anunciado diferentes sondeos (más de 10 puntos de diferencia)?

Te refieres a las encuestas de opinión ¿no?, bueno, como lo he escrito por ahí, toda encuesta de opinión, por definición, se mueve en el plano de la indeterminación y la más absoluta especulación. No pueden predecir, no son ni oráculos posmodernos ni revelan verdades celestiales de ningún orden. Sus datos, además, no responden ni siquiera al presente inmediato; no son –como comúnmente se alega– una “fotografía del momento”, porque sus resultados están temporalmente desfasados. Entonces estos son espurios, insisto, por definición, por más que los métodos se refinen y la tecnología se supere de manera constante en el tratamiento de la información recogida. 

Lo que sí es cierto, es que generan tendencia; desde su naturaleza especulativa pueden definir el último tramo de la carrera por el Apruebo o el Rechazo (en este caso) pasando de ser, como se ha dicho, espurios cálculos temporalmente falaces a agentes determinantes que pueden sellar el futuro de un pueblo.

Por lo tanto, bajo ningún punto de vista creo que esta elección esté cerrada, por el contrario, está abierta e indeterminada, aunque la pedantez de la encuestología diga lo contrario.

¿Qué consejo le compartes a la comunidad en la recta final de esta importante elección?

No me sentiría, la verdad, nunca capaz de dar consejos en política. Yo doy mi punto de vista y tomo posición frente a lo que ocurre, eso simplemente, ejerzo un derecho democrático y me siento de alguna forma responsable de hablar y escribir lo que pienso. Si a alguien remotamente le hace sentido, pues en buena hora, pero nada más. Siempre digo lo mismo, yo no soy un líder político, ni un líder social, ni un representante de nada. Hablo desde el lugar que me corresponde, desde el que me siento legitimado para atreverme con “un decir”. Este es el lugar de un profesor de filosofía de una universidad regional que, también, se ha abierto al debate nacional.

La historia y la sociedad tomará el rumbo que deberá tomar y como siempre habrá vencedores y vencidos; esto es política y la política es la disputa por el poder, salir a la arena sabiendo que hay que entrar en contradicción. Ahora, por supuesto, siempre será mejor la política que la guerra, que la violencia o la desmantelación de la democracia. Ya hemos vivido esto antes y ha sido trágico. 

Yo sencillamente sugiero que, y como se ha repetido mucho, se informen, no se dejen engañar y que se vote pensando en el interés mayor de un país que está en la búsqueda de un destino. Mi posición es que ese destino puede ser más igualitario, más solidario, más vinculado y con un tejido social que comience paulatinamente a recuperarse, si es que gana el Apruebo. Esta es mi opinión y la expreso libre y responsablemente. 

Creo que junto con el Apruebo lo que gana es la esperanza. 

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