La ilusión de lo provisorio (Violencia y migración en Chile)

#OPINIÓN: “La migración en Chile ha sido entendida únicamente como un problema de fronteras, de prohibiciones de ingreso y de frenéticas expulsiones de cara a la amenaza que representa el/la migrante toda vez que, desde antes de llegar, ya es estigmatizado/a”.

Por: Javier Agüero Águila, académico UCM.

La expresión “la ilusión de lo provisorio” pertenece al gran sociólogo argelino Abdelmalek Sayad y, pensamos, nos permite entender, al menos diagonalmente, la realidad actual de los/as migrantes en Chile. Nos referimos a la pesadilla del desplazamiento; al violento auto-exilio que implica abandonar familias completas; a la locura de la indocumentación; a la pérdida de todos los puntos de referencia; al tormentoso proceso de la asimilación de una lengua extraña (en el caso de haitianas/os); al habitar permanentemente en espacios que no son suyos; al desesperante “estar de paso”; al denigrante ecosistema de lo provisorio y, sobre todo, al hecho de ser foco y blanco de la violencia de una sociedad y un Estado que jamás ha podido entender a el/la extranjero/a (el “afuera”), identificando en lo que se define como ciudadanos “naturales” (el “adentro”), el único reducto legítimo; este reducto que debe ser defendido de aquella “turba exótica” que irrumpe para amenazar nuestra cultura, costumbres, emblemas, lenguaje, configuración “racial”; turba que trae consigo la inaceptable promoción de un nuevo mestizaje y que, a propósito de sus posibles orígenes afroamericanos, pretenden perjudicar a una sociedad que se autodefine en la inmaculada paranoia de su europeísmo primordial.
Esto último no es otra cosa que un delirio autorreferente y ridículo que no hace más que enrostrarnos la profunda raigambre histórica del racismo en Chile, la misma que se origina en la más temprana colonia, que comienza a sedimentarse en la naciente República decimonónica y que alcanza su expresión más patética e inhumana en la actualidad.

“Yo creo que todo es una mentira” (Charly García).

El viernes pasado el Ministro del Interior Rodrigo Delgado sostuvo –a propósito del alto flujo migratorio que se ha producido en el norte de Chile y, en específico, de la instalación provisoria de migrantes venezolanos en la plaza Brasil de Iquique– que “El desalojo de esta plaza y de otros lugares tiene que ver porque no está permitido utilizar los espacios públicos, que son con fin de esparcimiento y recreación, para poner sus viviendas transitorias”. ¿Es más relevante el esparcimiento y la recreación que un enorme número de seres humanos que han preferido caminar miles de kilómetros, atravesando igualmente al desierto siempre sombrío de la clandestinidad, antes de quedarse en sus propios países buscando en Chile el sueño latinoamericano de la acogida y la prosperidad? ¿había que sacar con organismos represivos a un grupo de venezolanos/as que no durmieron en una plaza por opción, obviamente, sino por estar completamente desprovistos de un lugar para pasar la noche? ¿qué hemos hecho como país de cara a la migración que, al final del día, desterritorializa lo político (J. Rancière) y nos obliga éticamente a responder al llamado de una hospitalidad que debiera ser el principio organizador de una sociedad?

Sumamos a esto, por supuesto, la vergonzosa violencia ejercida contra mujeres, hombres y niños venezolanos/as a quienes les destruyeron sus pocas pertenencias arrasando, en este mismo gesto, con lo que traían de su propia tierra y que, probablemente, eran los recuerdos de un pasado que se vieron obligados a abandonar. Caso aparte fue la pavorosa marcha racista en contra de la migración en la que, finalmente, este país se mostró tal cual era.

La migración en Chile ha sido entendida únicamente como un problema de fronteras, de prohibiciones de ingreso y de frenéticas expulsiones de cara a la amenaza que representa el/la migrante toda vez que, desde antes de llegar, ya es estigmatizado/a. A partir de él o ella, de su propia presencia y forma de ser percibido/a, siempre se traslucirá su ex-centricidad. Hablamos de costumbres, acentos, prácticas religiosas, en fin, todo un entramado político-cultural del cual no puede deshacerse por más que su empadronamiento a ojos de la ley sea, incluso, válido. Siguiendo al filósofo francés Marc Crépon, el Estado no está en condiciones de medir su vida secreta, de inmiscuirse en su cotidianidad cultural y familiar privada, de arrebatarle a fin de cuentas todo lo que fue para substituirlo por lo que debe ser ante las exigencias que le impone el país al que llega. Esto lo dejará siempre en posición de inseguridad, de sospechoso/a. La percepción del/la migrante como ese/a otro/a extraño/a, de raras costumbres y exóticas tradiciones, no se disipa ni se extingue a causa de la legalidad de sus papeles; siempre será sujeto de sospecha, y es, generalmente, el vaciadero donde las comunidades o los países depositan su desconfianza.

Es de esperar que la explosión racista que tuvo lugar en el norte del país sirva de antecedente para asumir la madeja profundamente racista que nos caracteriza y que permita, al menos, hacernos la pregunta: ¿qué proceso histórico y sociológico nos llevó a transformamos en supremacistas que niegan la alteridad escupiéndole al rostro a ese otro que nos demanda acogida?

Por: Javier Agüero Águila, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule

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