Chile: la velocidad y la perplejidad

Chile se abre hoy a una incertidumbre de gran calibre; una gran incertidumbre que no es más que una madeja que comienza deshilvanarse después de décadas de bipolaridad. Esta incertidumbre es la de una época, también, atravesada por una pandemia mundial que no se deja diagnosticar ni sabemos que mundo nos arrojará (…) Se trata, creemos, de que los 20’s será la década más importante en la historia del siglo XXI para nuestro país”.

Javier Agüero Águila, Académico UCM

En los últimos 50 años en Chile hemos tenido, probablemente, más acontecimientos políticos, económicos y culturales que en toda nuestra historia (al menos en el siglo XX y lo que va del XXI).

Resumiendo sin detallar: en 1970 se elige un presidente socialista con un programa de gobierno revolucionario por primera vez en la historia del mundo. Después de los mil días del gobierno de Allende arremete un Golpe Militar que instala una dictadura brutal durante 17 años. Esta dictadura trajo, con lógica de contrabando, como sabemos, el primer sistema neoliberal del mundo, radicalizado y salvaje que se ha mantenido hasta la actualidad y que construyó, al mismo tiempo, un tipo de racionalidad proclive y fuertemente sedimentada.

Posteriormente salimos, a diferencia de muchos países de la región, de aquella dictadura de manera radicalmente negociada al interior de la cual las transas y los acuerdos determinaron los siguientes 30 años de un Chile “dentro de lo posible”. Durante estas tres décadas no se hizo más que trasplantar, con algunas correcciones menores, el neoliberalismo desde su tutelaje militar a uno civil. Pero de a poco el país (la ciudadanía, la sociedad, el pueblo o como quiera llamársele) comenzó a abrir los ojos y a reenfocarse después de años de obligación al consumo y la banalización. Y tuvimos el mochilazo del 2001, el movimiento estudiantil del 2011 y, finalmente, el Octubre del 2019, la más grande movilización social en la historia chilena y que desemboca, en su versión institucional, en la aprobación de un cambio a la Constitución militar de 1980 y en la creación de una Asamblea Constituyente.

Es mucho para 50 años y la historia, en estas 5 décadas, ha corrido como un tren de alta velocidad al que difícilmente le pudimos tomar la patente.

El panorama actual, posterior a las elecciones del último fin de semana, es casi post-apocalíptico en términos políticos y culturales y anuncia, al menos eso se espera y eso indica el contexto, una transformación también a la altura. La diferenciación arremetió para desarticular los tradicionales bloques de la Concertación y la derecha y, de pasada, se termina por arruinar la gran institución rectora del Chile post-dictadura: el consenso.

El escenario es posmoderno, por arriesgarnos a una clasificación. Ya no hay grandes relatos, se derrumbaron; al parecer ya no se perpetuará la distribución principesca del poder entre los típicos apellidos vinosos de siempre. Por primera vez una institución chilena como la Asamblea Constituyente estará compuesta por más representantes provenientes de colegios públicos que de privados, los pueblos originarios estarán presentes y las mujeres ocupan, también por primera vez, un rol paritario y definitivo en la toma de decisiones. Se acabó la distribución del poder por vía del “indicalismo”, es decir “te indico, tú vas esta vez como alcalde, senador o presidente, te toca”.

¿Alguien podría decirme dónde quedó Chile?, ¿ese Chile que conocíamos y en el que los dados estaban cargados cuando del poder se trataba?, ¿en qué momento y cómo arremetió el estado llano, los plebeyos, los que no eran los herederos de nada ni eran elegidos por determinación casi divina o por sus apellidos vascos? Finalmente ¿de qué excepcional manera llegamos a este momento en donde un/a UDI va a tener que entrar en disputa con un/a representante del pueblo mapuche, de las minorías sexuales o del transporte escolar?

A todo esto habrá que sumarle, lo que será materia de otros análisis, la posibilidad de que después de 50 años, también, podamos tener a un presidente de izquierda. Si bien no se trata de una izquierda sesentera, retoño de los socialismos reales ni tampoco revolucionaria en sentido estricto, pero sin duda es una mucho más a la izquierda que la extinta Concertación, la misma que por décadas se autofagocitó el cuento haciéndonos creer de que ellos/as eran la izquierda. Es difícil atreverse con los pronósticos, hasta existe el hecho de que un político como Lavín –uno de la bancada juvenil de Pinochet, Opus dei, segunda generación “Chicago boys” y hoy autodefinido como un flamante socialdemócrata– pueda acceder a la Moneda.

Chile se abre hoy a una incertidumbre de gran calibre; una gran incertidumbre que no es más que una madeja que comienza deshilvanarse después de décadas de bipolaridad. Esta incertidumbre es la de una época, también, atravesada por una pandemia mundial que no se deja diagnosticar ni sabemos que mundo nos arrojará después de que se supere. Sin embargo, se trata, creemos, de que los 20’s será la década más importante en la historia del siglo XXI para nuestro país, o cuando menos la más definitiva y donde todo está en juego.

En este Chile perplejo ya nada sorprende y la historia nos enseña que en política se han visto muertos cargando escombros. Solo toca estar a la altura de un tiempo que está aconteciendo a cada minuto, sin mucho espacio para el presente sino que en constante proyección hacia el futuro inmediato, que se despliega frente a nuestros ojos como una película casi de ciencia ficción, pero que no es más que nuestro país, tan herido como esquizofrénico pero que, al final e independiente de lo que pase, vivió y vive un momento excepcional que nos exige, a quienes optamos por estar atentos, dormir poco y escribir mucho.

Ciertamente “La historia la hacen los pueblos”.

Por: Javier Agüero Águila, Académico Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

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