Saltar al contenido.

La historia del obispo cauquenino cuya tumba fue visitada por el Papa Francisco

El pasado lunes 15 de enero el pontífice pisaba suelo chileno y luego de recibir los honores oficiales como Jefe de Estado, su primera actividad fue dirigirse a la tumba de Monseñor Enrique Alvear Urrutia en la Parroquia San Luis Beltrán en Pudahuel. Allí, Franciscó oró en silencio ante los restos del “Obispo de los Pobres” que se encuentra en pleno proceso de beatificación y que aspira a convertirse en santo.

Un día como hoy, 31 de enero -pero de 1916- nacía en Cauquenes, Enrique Alvear Urrutia, hijo de Clorindo Alvear Zurita y Teodorinda Urrutia Pérez, fue miembro de una familia numerosa en la que él era el octavo de once hermanos.

Sus primeros estudios los realizó en una escuela rural, los que prosiguió en el Instituto de Humanidades Luis Campino en Santiago. Sus cercanos lo recuerdan como un niño alegre, de gran espíritu investigador, buen humor y muy tierno y respetuoso con sus padres, aunque dicen que -a veces- su genio no era de los mejores.

Terminada su educación secundaria ingresó a estudiar derecho en la Universidad Católica, mientras cursaba el segundo año de la carrera se las ingenió para encontrar trabajo y aportar al sustento de su casa, dando así muestras de su gran sentido de la responsabilidad.

El joven Enrique provenía de una familia profundamente católica, en ella aprendió a acercarse a Dios y a medida que crecía se sentía cada vez más atraído a la religión, siendo precisamente cuando cursaba el cuarto año de Derecho que sintió que su vocación era el sacerdocio. Al comienzo no fue fácil, su padre le exigió terminar con su carrera antes de tomar cualquier decisión y él aceptó.

Sus hermanos recuerdan que dicha imposición lo dejó muy triste y su característica alegría se comenzó a apagar. En ese momento su madre comprende que la decisión tomada por el padre del joven no fue la mejor e intercede ante su marido para que éste le otorgue el permiso a Enrique para ingresar al seminario, lo que finalmente sucedió. A la edad de 20 años Enrique Alvear inicia su formación sacerdotal.

El 29 de septiembre de 1941, es ordenado sacerdote por Monseñor José María Caro, entonces Arzobispo de Santiago. El 4 de marzo de 1963 el papa Juan XXIII lo elige Obispo Auxiliar de Talca, recibiendo su consagración episcopal en abril de ese año en la Basílica de Lourdes de manos del Cardenal Raúl Silva Enríquez, de quien once años más tarde será Obispo Auxiliar en Santiago por designación del Papa Pablo VI, que ya antes (1965) le había encargado la diócesis de San Felipe.

Su difícil relación con la dictadura

Una liturgia en Lourdes, en 1975, celebrada por don Enrique para rogar a Dios porque impere la verdad respecto de las vidas de personas desaparecidas, ya puso a muchos inómodos. En su homilía el obispo señaló:

“Hermanos; Esta reunión, tan hermosa, nos muestra que realmente está Jesucristo caminando con nosotros. Jesucristo está en la Iglesia. Jesucristo vive en la Iglesia. ¿Y qué es lo que dice Cristo a la Iglesia? ‘Iglesia mía, quiero que Tú muestres mi rostro, que muestres Mi preocupación por el Hombre’. Y ésta es la Iglesia aquí reunida. ¡Jesucristo está con nosotros! Él viene a decirnos: ‘No estés triste, yo camino contigo; yo caminé la Cruz contigo primero, para poder decirte: yo conozco lo que es la Cruz; yo conozco lo que es la soledad; yo conozco lo que es llamar y no ser escuchado por nadie; yo conozco lo que tú no conoces, cuando yo en la Cruz tuve que decirle a mi Padre del cielo: ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Nadie ha experimentado la soledad que yo experimenté para comprenderlos a ustedes; para poder caminar siempre con ustedes”.

En 1978, ante la huelga de familiares de detenidos desaparecidos en la Parroquia Jesús Obrero y Lourdes, Don Enrique no bacila en acompañarlos y en entregar su mensaje:

“Hemos estado atentos al sufrimiento de nuestros hermanos, los familiares de los detenidos-desaparecidos. Pastores y comunidades hemos captado en ellos, a través de todos los acontecimientos, un llamado del Señor para apoyar la justicia de su causa. Así entramos en la historia que guía Jesucristo, denunciando la antehistoria y comprometiéndonos con la identidad de Iglesia en la causa de la justicia. ¿Cuáles son nuestras armas? El Apóstol Pablo responde a esta pregunta cuando escribe a los cristianos de Éfeso: “Tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneos firmes’”.

Pero -sin duda- uno de los hechos más marcadores en su vida y en su lucha en defensa de los derechos humanos, fue cuando el Cardenal Raúl Silva Henriquez formó una comisión con la finalidad de verificar una impactante denuncia. El grupo estaba integrada por Don Enrique Alvear, dos abogados de la vicaría de la solidaridad y dos periodistas, los que provistos de palas, picotas y chuzos, fueron hasta los Hornos de Lonquén, a comprobar si en ese lugar habían cuerpos de detenidos desaparecidos enterrados.

Ya en el lugar, comenzaron a expedicionar la zona: En el primer horno, luego de un intenso trabajo no encontraron nada. Sin embargo, cuando realizaron las faenas en el segundo horno y mientras cavaban por la parte inferior, lograron hacer un forado y ahí comenzaron a aparecer los restos humanos.

Máximo Pacheco, uno de los abogados que integró la comisión del Cardenal Silva, indicó: “Los presentes quedamos muy impresionados por este macabro hallazgo”, luego agregó: “Allí me encontré con Monseñor Enrique Alvear, cansado, pálido, con un pañuelo sobre la cabeza. Es ésta –le dije- una de las impresiones más grandes que he tenido en mi vida; estoy a punto de desmayarme. Monseñor me contestó: ‘Yo estoy igual que usted. Nunca me imaginé que iba a ser testigo de un hecho tan horrible; de un desprecio tan grande por la dignidad del ser humano. A pesar de lo mal que nos sentimos los dos, le propongo –me dijo- que recemos a Dios por el descanso eterno del alma de estos hombres, cuya identidad aún no conocemos y roguemos, también, por sus victimarios’. Al término del Padrenuestro ambos estábamos llorando…”

Este episodio y su constante relación con víctimas de la represión le traería una serie de sinsabores al obispo Alvear. Los poderosos ya lo miraban con recelo, siendo víctima de campañas de desprestigio en la prensa escrita, la radio y la televisión.

Uno de los hechos que se recuerdan -al respecto- es cuando asistía a una reunión de obispos en Riobamba, Ecuador, el Gobierno de ese país considero que se trataba de una junta subversiba y detuvo por unas cuantas horas a los prelados. El hecho fue tendenciosamente informado por los medios chilenos y en el regreso al país de los obispos nacionales participantes de la cita, en el aeropuerto, éstos fueron esperados por manifestantes que los insultaron e incluso los apedrearon.

Pero esos acontecimientos, lejos de asustarlo lo hacían reflexionar y mirar con mayor detención la vida de Jesús, llegando a la convicción que no se puede evangelizar sin conflicto. Más tarde dirá: “Todo esto lo experimentamos frecuentemente en nuestra patria, en las relaciones de la Iglesia con el poder político y con los poderes económicos… La acción de la Iglesia chilena en el servicio fraterno de los pobres y oprimidos, ha provocado campañas oficiales y semioficiales de desprestigio, de hostilizamiento y de rechazo a la Iglesia”.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Sus últimos días

Cuando terminaba el verano de 1982, la salud deja de acompañar al Obispo de los Pobres, la fiebre se hacía constante, pero el no guardaba descanso. A principios de marzo, decide ponerse en manos médicas, mientras la Zona Oeste de la iglesia de Santiago se vuelca a rezar por su obispo. Se cuenta que una feligrés decía: “Señor si ya tienes tantos Santos en el cielo, déjanos uno en la tierra”.

Mientras don Enrique pasaba sus últimos días, el 21 de abril, se celebraron los diecinueve años de su ordenación episcopal y afiches con su lema recorrieron todo Santiago: “El Señor me envió a evangelizar a los pobres” o “He aprendido de la zona, de los pobres, a ser Pastor”.

El 29 de abril, el hombre, el sacerdote, el obispo, que 66 años antes había nacido en la humilde ciudad de Cauquenes, moría producto de una metástasis de los huesos. El domingo 2 de mayo de 1982 todos quienes asistieron a su misa fúnebre en la Basílica de Lourdes dicen tener la convicción de que no sólo estaban enterrando a su humilde pastor, sino que a un verdadero santo. El 9 de marzo de 2012 fue la solemne apertura del proceso de beatificación y canonización.

Por: Patricio Alexis Díaz

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: