Por: Marcelo Pinochet
Académico Departamento de Ciencias Sociales
Facultad de Ciencias Sociales y Económicas
Universidad Católica del Maule

Creo que a nadie ha dejado indiferente el extenso y complejo debate generado en los últimos años en nuestro país en torno a la educación superior. Ya no cabe duda que en este tiempo se han acumulado un conjunto de enfoques, propuestas e ideas que han acompañado a actores, movimientos y programas de gobierno.

No obstante, la actual campaña de los candidatos de las primarias presidenciales del Frente Amplio y Chile Vamos han exiguamente hecho referencia a las discusiones que comentamos. Tampoco en los últimos días (mucho menos en el debate televisivo) han abordado las indicaciones sobre la reforma que fueron despachadas hace unos días por la comisión de educación de la Cámara (luego de una sesión de 23 horas, como pocas veces se ha visto). Superficialmente la agenda de las candidaturas aborda el financiamiento y levantan la bandera de la regulación y control a las instituciones, como si ello fuera sinónimo de calidad de la educación superior.

Pero sabemos que la preocupación por la educación superior ha sido una prioridad ciudadana desde hace varios años, (basta revisar los informes de la Encuesta CEP únicamente) convirtiéndose en uno de los problemas más importantes que debiera atender el gobierno y quienes aspiran a conducirlo. Sabemos, además, que los ciclos de movilización más importantes ocurridos luego de la vuelta a la democracia tienen que ver con la educación y los fines que persigue. En suma, la ciudadanía se ha convencido de su valor e importancia pública, lo que debería ser un motivo suficiente para elevar el umbral de los debates y comprender a la educación superior dentro de los desafíos que la democracia y quienes la representan debieran enarbolar.

Por ello es necesario un contrapunto.

En gran parte de las universidades del planeta (sobre todo aquellas que se empinan en diferentes rankings) la calidad es el centro y principio transversal, prioritario y orientador del futuro de las instituciones. En aquel análisis se desarrollan las más grandes reflexiones en torno a la misión e identidad a nivel interno, pero también sobre la vinculación de la universidad con los problemas de la sociedad en las más variadas esferas. Concurren allí todas las áreas del quehacer universitario: la innovación de la docencia en pre y postgrado, la generación del conocimiento y la difusión de la investigación (en todas las áreas científicas) sobre todo en redes nacionales e internacionales y también cuestiones más recientes como es la formación online y la internacionalización de los currículos, entre otros.

En nuestro ambiente, el debate de la calidad de las instituciones parece agotado en relación a los cambios al sistema nacional de acreditación, aquello que algunos sectores han entendido en la perspectiva de que una elevada regulación es la única forma de conducir a la calidad en las universidades. Lo anterior, es muy diferente a los enfoques de largo plazo que más allá de la fijación de estándares homogéneos (lo que ha sido cuestionado por la Comisión Nacional de Acreditación, entre otros) promueve aquellas funciones y tareas que fortalecen la misión y la identidad de cada institución.

Es cierto que todo lo anterior se desarrolla en una paralela discusión sobre el financiamiento de la educación superior, de hecho hay estudios que ya dan cuenta de la estrechez que produce en las instituciones el adscribirse a la gratuidad. No obstante hay que recuperar el inicio de esta reflexión: la formación de los alumnos, el desafío de abordar los problemas del desarrollo del país y el impulso de la investigación sobretodo en el marco de un trabajo interdisciplinar y con la participación de estudiantes de pre y postgrado. Con todo, integrar las funciones universitarias con los desafíos del territorio y las potencialidades que posee.

 

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