A las personas les cuento: Cauquenes tiene himno. Superadas las caras de sorpresa, las risas y las explicaciones, se los canto. No parece ser común y corriente tener un canto al pueblo de uno. Yo me lo sé completo. Primero, porque es muy hermoso, en su letra de Walter Bilbao y música de Alejandro Morales. Luego, porque tuve que aprendérmelo por obligación y entonarlo tantas veces que ya, ni aunque quisiera, podría olvidarlo.

Las tardes de sopor, de hace tantos años, de calor sin árboles en mi calle, de asfalto caliente, llenas de silencio abúlico, carentes de estímulos de cualquier tipo, se transformaban en angustia, en opresión de pecho, en ahogo. “Hay que irse de aquí”, pensaba mientras escribía en la puerta de mi pieza de adolescente: “La muerte es hermana del sueño”, citando al gran Oscar Wilde, en el Príncipe Feliz.

Nada que hacer más que escribir panfletos libertarios y soñar con otros mundos mejores. Qué absurdo llamar a este pueblo “Ciudad de la Esperanza”.

Porque en Cauquenes no había nada. Ni cine, ni teatro, ni escaleras mecánicas, ni edificios, ni una carretera que trajera sorpresas consigo. No había huelgas, ni marchas, ni discusiones. No había artistas en los semáforos… No había semáforos. Hasta ir a la playa era complicado. Entonces, Cauquenes era sólo Cauquenes. Un valle del secano costero, frío en invierno, infernal en verano. Cauquenes aburrido, apático, estático.

Me las arreglé igualmente para permanecer ocupada con actividades extraescolares hasta que me fui, y jamás me planteé volver… Hasta ahora.

Qué 20 años no es nada, dice el tango, pero cierto que en esta, si se equivoca. Han pasado casi 20 años desde que me fui de casa y cuánto ha cambiado! Tanto, que la última vez me sorprendí pidiendo pizza a domicilio, y comiendo sushi como si fuera comida al paso.

Me sorprendí con la plaza ocupada por el pueblo, por mujeres gritando #NiUnaMenos y docentes peleando por un sueldo digno. Me maravillé con los artistas copando la Casa de la Cultura, y me encanté con los bares bohemios que reemplazaron los cafés de pisos fríos y mozas con uniforme que tan poca gracia tienen en cualquier ciudad.

¿Cómo pasó todo esto? ¿Quién lo hizo? ¿Cuándo lo hicieron?

Todas preguntas sin respuesta, pero con mucha intuición me atrevo a decir al menos: lo hicieron grandes cauqueninos, dignos hijos de esta tierra. Lo hicieron los valientes de valientes, que se quedaron, y los valientes, que eligieron volver. Lo están haciendo hoy los jóvenes con su energía revolucionaria, solidaria, contestataria: están inventando cosas por doquier.

Cauquenes cambio de color y luce altiva verde al sol, con su plaza de punta en blanco, con su movida nutrida de actividades: teatro, música en vivo, yoga, fotografía, colectivos culturales. Se siente vigorosa, por la fuerza de los que luchan por sueldos dignos, por los medios locales e independientes que informan y al informar, dan punto de vista, cuestionan lo que hasta hace unos años era incuestionable.

Cauquenes cambió y ese cambio no es la imposición de uno que dirige. Es al revés, y los que están más arriba lo están palpitando: no fueron ellos los que reaccionaron ante los Incendios Forestales. Fueron los bomberos voluntarios, y pala en mano, los Civiles Voluntarios que no descansaron en semanas con tal de rematar los fuegos, informar a los aislados, rescatar a los que estuvieran en peligro, y levantar campañas para ayudar a los damnificados.

¡Qué lección que nos dieron muchachos! La culpa no la tiene Cauquenes, nunca la tuvo. Las ciudades son de quienes las habitan y hoy más que nunca, la tierra vibra con las lanzas de nuestros coterráneos.

Es tiempo de dar, de hacer, de vivir en la ciudad que amamos, sin nostalgia, sino con la convicción de que entre todos, hoy podemos lograr convertirnos en una sociedad civilizada, solidaria, respetuosa de los derechos de cada uno y exigente con quienes nos gobiernan.

Cada día una sorpresa. Cada día una iniciativa a la cual sumarse, un grupo con el cual construir. Esto es lo que está pasando. De los cauqueninos residentes, y de los que siempre volvemos, depende que esta energía vital se convierta en una realidad y una práctica saludable: involucrarse, sacarse los guantes, hacer.

Les paso un dato: tenemos un centro cultural independiente y autogestionado. En Victoria #851 los espera La Chuchoquera, casa comunitaria que lleva adelante Teatro Cauquenes, Huellas Animalistas, Perspectiva Joven y Biblioteca Comunitaria Cauquenes. Este espacio comenzó a funcionar este fin de semana, con una Minga. A los que fueron, bravísimo, y a los que no, no importa. Las puertas están abiertas, para colaborar, y por supuesto, para disfrutar de las actividades diversas y coloridas que nos esperan.

“Cauquenes, Ciudad de la Esperanza” dice el himno y por primera vez, mi cabeza no siente que la frase va a contramano. Podemos decirlo con el orgullo que da la verdad “Todos juntos en un grito hacia el cielo”.

Voy y Vuelvo

Por: María Elizabeth Cancino

Actriz, periodista y Licenciada en Comunicación Social