Stanka. Mi compañera de sueños

La chica más guapa del pueblo. La más guerrera de las amigas, la pizpireta.
Este post te lo debo.

En días en que la Educación Pública Gratuita y Libre no es sólo un discurso de trasnoche en los pastos de la U de Conce, sino una realidad doliente en algunos países y un brote debilucho en otros, me acuerdo de ti.

Amiga mía.

La última vez que hablamos. La última vez que hablaste con alguien en este mundo, dijiste que sentías que tanto esfuerzo no valía la pena. Y después, esperaste a que me fuera de nuestra casa, para lanzarte al vacío y acabar con tu vida a los 19 años de edad.

Heroína trágica.

No supe qué decirte.

Porque era cierto que era mucho esfuerzo. Demasiado.

Sin dinero, lejos de casa, pasando hambre, frío, esperando en la puerta de un banco, toda la mañana, con la panza apretada, ese depósito que no llegaba. El depósito para pagar la pieza que compartíamos porque ni cagando nos alcanzaba para pagar una pieza sola. Estábamos pegadas, aunque a veces no quisiéramos. Porque por supuesto, a veces ya no queríamos estar tan cerca.

A veces la ilusión y la risa y el olvido y la gente alegre del camino te hacen feliz comparsa, pero ahí estaba otro mes de angustia de mierda. De no poder ni trabajar, porque la educación que excluye además de exigir grandes sumas de dinero te impone horarios incompatibles con ningún trabajo. A menos que sea de noche, y cierto… a pesar de tanto, ninguna, nunca (tal vez ese fue nuestro error de pueblerinas)… nunca consideró trabajar de noche (you know what i mean).

Ese depósito era para pagar la pieza. La Universidad, la pagábamos con un préstamos del estado… Un estado que consideró endeudar a una menor de edad. Porque sí. Yo tenía 17 años cuando firmé. Teníamos también una beca, porque éramos muy buenas alumnas. Con todo el esfuerzo del mundo y viniendo de hogares humildes, nos ganamos el lugar y el derecho a endeudarnos, pero vuelvo…. el sistema es perverso y no se conforma con poco. Podíamos estudiar, pero la pieza y la comida había que pagarla.

Nos hacíamos hamburguesas de jurel con cebollas. Deliciosas. No mandaban comida desde Cauquenes. Su mamá y la mía.

Jamás podré olvidarme de su madre, en el Hospital Regional de Concepción recibiendo la noticia de que su única hija estaba muerta. Jamás podré explicarle qué pasó.

La historia la conté mil veces. A todo el mundo. A la policía, a los médicos, a los profesores, la psicóloga, los compañeros, los deudos, a todo el pueblo en velatorio.

Se levantó un día y dijo que estaba cansada. Siguió así toda la tarde y luego dijo que no quería comer y que no podía dormir. No hablaba. La llevamos al médico. No había turno. Quedamos de volver. Como seguía sin dormir, decidí llamar a su mamá. No me contestó el teléfono, porque no estaba en casa. En ese tiempo no era común tener celular. Y al día siguiente salí a hablar con el jefe de carrera de la Universidad. Estaba en su oficina cuando tocaron la puerta y entró un policía diciendo que me comunicara con el Hospital.

Ese día fue, minutos antes de salir de casa, que me dijiste… que sentías que no valía la pena, que no sabías si querías estudiar periodismo, que no sabías qué querías.

En un país donde la educación excluye, no hay perdón para el que no sabe lo que quiere. No hay segundas oportunidades. O tomas lo que tienes o te jodes. Yo tomé lo que había.

Tienen idea lo que es estar endeudado por una carrera que no terminaste?

Yo terminé. Y soy Licenciada en Comunicación Social y Periodista y a los 25 años dejé todo atrás y me vine a convertir en actriz en otro país. Uno donde increíblemente, la educación es gratuita. Uno donde tienes cursada hasta los sábado de 7 a 9 para que puedas trabajar en la semana. Tienes cursada de noche, de día, de hora del té.. De lo que se te cante. Uno donde si pierdes una materia no pierdes la beca que te permite pagar la carrera, porque es Gratis. Uno donde estudiar lo que quieras, y no lo que puedas.

Stanka se fue. No sé porqué. Y me duele escribir esto. Muchas veces me arrepentí. Y borré. Y seguí. Hoy no tengo más ganas. Esta es también mi historia. Yo he sufrido esa soledad.

Esa soledad inexplicable del sin sentido. De no saber si tanto esfuerzo y sufrimiento realmente vale la pena.

Y no me voy a poner filosófica. Ser o no ser, dice Hamlet y es el monólogo más brillante acerca de si esta vida vale la pena ser sufrida o no. Es un hombre a las puertas del suicidio. Ser o no ser. Vivir o no vivir. La única pregunta realmente válida de la filosofía según Camus.

He sentido esa soledad porque después de su partida todo perdió color. La vida de pronto se convirtió en eso que uno hace para pasar rápido a hacer otra cosa. Y la extrañé y me culpé mucho. Y recibí condolencias. Y un amigo de mi padre me dijo: tu no te puedes matar.

¿Por qué escribo esto? …. Porque hablar de Educación Libre y Gratuita para mí es hablar desde la vereda del que no tuvo ese derecho. Y eso que yo al menos tuve educación universitaria, con todo lo que costó. No importa. Hay gente que no tiene educación. Y no podría yo jamás dilucidar lo que se siente. Debe ser enorme.

Puedo sentir el dolor de mi abuela analfabeta. Aferrada a mi mano para que le leyera el recibo de sueldo de jubilada. Siendo yo muy muy chica.

Lo que se siente cuando a uno le niegan un derecho es dolor. La educación es un derecho humano. Como la vivienda, la salud. Y es hora de pensar en cómo se materializa el acceso a ese derecho. En como se defiende ese acceso. Yo apoyo a los estudiantes y lo haré siempre.

Salgan a la calle, que es hora.

Y suena a esta hora en la Aspen el Imagine de John Lennon.

Y si.

Es fácil si lo intentas.
… Estas letras las escribí hace tiempo.

Hoy #8M, con miedo, con dolor fresco… tomo aire valiente para publicarla.

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Por: María Elizabeth Cancino Henrríquez

Actriz, Periodista y Licenciada en Comunicación Social