En mi casa el árbol de navidad se armaba un toque antes de navidad y se desarmaba ya entrado febrero y a juzgar por la cantidad de pino seco que anduviera dando vueltas en el living. Si. El árbol era un pino cortado en las afueras de Cauquenes. Con suerte, comprado a alguien que lo cortó y alguna vez, cortado con las propias manos de mi papá. 

Era un pino y se llamaba Árbol de Pascua. Y daba un olor a pascua que no conocerá jamás un árbol de navidad de plástico. Como el invierno con estufas jamás sabrá del olor a leña quemándose con notas altas de tierra mojada. Romanticismo nostálgico aburrido. Aquí voy otra vez a llorar por las noche tendida en el piso, a oscuras, mirando las lucecitas.

Yo puedo sentir aún el olor del pino, y del piso frío. Así como puedo oler Rio de Janeiro cada vez que lo deseo. Así como a veces siento el olor de la botillería de mi Tio Amado cuando voy a la farmacia del frente. Aquí, en pleno Buenos Aires, paso a esa farmacia a sentir el olor de Santiago. Porque para mi Santiago fue la casa de mi Tio Amado durante muchos veranos.

La primera vez que armé mi propio Árbol de Pascua fue cuando ya de grande, vivía en la capital de mi país. Y fue de plástico. Y fue muy lindo, por supuesto. Y recuerdo por sobre todas las cosas que pasamos el año nuevo todos juntos en mi departamento, con mi papá, que hacía 10 años que no iba a la gran ciudad. 10 años sin ir a la capital. Al lugar de las mil maravillas. Caminamos por el Parque Forestal. Fuimos a la Vega, a comprar y me contó cosas, y le vi los ojos chiquitos maravillados. No por Santiago, claro, sino por las cosas esas que recordaba, que olía. Ahora ya pasaron otros 10 años?
Sí. 10 años hace que no armaba un árbol de navidad. 10 años de navidades sin árbol, sin olor, sin ganas de recordar el pino y la noche iluminada por las luciérnagas de colores. Lo más cerca que estuve de la navidad íntima de mi alma durante estos años fue mirando Mi Pobre Angelito. Para qué más? Si el asunto de la navidad es para el que le importa. A mi me importa mirar en los ojos chiquitos del que tengo enfrente, las lucecitas. Ojitos chiquitos que han sido los míos, los de mi padre, mi madre, mis hermanos y hoy los de mi hijo. Esta navidad es para él, como lo serán todas las que vengan. No importa el cansancio, ni la plata ni nada de nada.

Porque yo sé lo que es… esperar… mirar… soñar. Vaya si tengo oficio de soñadora. Yo sé como se siente el cuerpo y el corazón descubrir una muñeca de plástico y amarla sólo porque llegó en navidad. Sé lo que se siente descubrir, sin que nadie se de cuenta, que el Viejito Pascuero no existe, leyendo en la tarjetita de mi muñeca de plástico un año (si.. la misma que el año anterior), Para: María De: papá. Sin chistar, calladita, emocionada por el descubrimiento, enamorada, otra vez, de mi muñeca. Mi papá no sabía que yo ya sabía leer, porque era chica, y no se suponía que supiera, y yo tampoco que dije.

Yo acepté que el golpe en la ventana que daba mi papá anunciaba la llegada de el Viejito, Santa Claus, Papa Noel. Yo acepté. yo esperé cada año, hasta grande! Ba’h.. grande a los… qué edad teníamos Lilo Cancino Henríquez? Más de 10 seguro. Y ya era un hecho que los regalos se compraban y que no había plata. Bueno.. que va cer. No importa. Importa hacer la cena y comer rico y creer a ojos cerrados que algo iba a llegar. Y llegó! Poco antes de las 12. Mi papá recién volviendo de la calle, de trabajar. Corrí al auto. No le dije a mi hermana. No le dije a nadie! Sin chistar. Y ví una Minnie y un Pluto de peluche. 100% Originals! porque eran de una promo de una estación de servicios. Mi papá trabajaba ahí antes y tenía contactos… Decidí que ese seria mi mejor regalo del mundo. Y me agarré la Minnie, que con sus ojazos y pestañas fue mi hija y compañera hasta los 25 años y hasta el día de hoy vive en la casa de mis padres en Cauquenes. La abracé en septiembre. Si señores! Por suerte mi hermana me ama y me perdonó, porque esa mona era para ella.

Entonces… en donde estaba? Allí, frente al árbolito.

Ya son las 23:37. Antes de dormir (Ata aún está despierto), vamos a apagar todas las luces de casa, y vamos a quedarnos calladitos mirando los destellos de nuestro árbol.

Por: María Elizabeth Cancino