Yo conocí al Mamo…

Un genocida y torturador orgulloso. Lo dijo él mismo: era un soldado defendiendo a su patria. Lo dijo en una de las salas de Punta Peuco, donde estaba preso y donde era muy bien tratado. Como un señor, por los guardias. Probablemente y más allá de toda creencia, esto se debía a la amabilidad de viejo campechano que tenía el sujeto. ¡Qué espectáculo es la humanidad y sus dobleces horrorosos! El viejo me ofreció un café. No quise. Yo solo fui de testigo en una cita que no viene al caso contar. Sólo fui a escuchar y escuché. 
Después de cada palabra oída, pienso que estuvieron bien puestas las patadas en las canillas que le dieron (dimos? No sé si le pegué) en tribunales. Yo traté de darle fuerte pero no sé si llegué. Era una tole tole no más. El viejo, los guardaespaldas, los gendarmes, los colegas periodistas, los camarógrafos, los gráficos. Todos avanzando con la furia del ridículo -Pégale una patada al viejo culiao- El ridículo!!! Las patadas. Las risas. La rabia hecha humo de cigarrillo después. Qué ganas de haber pegado más fuerte.

Se murió el Mamo Contreras. Y yo pienso en los ojos llenos de lágrimas de uno de sus abogados una mañana en la Corte Suprema, después de un alegato, enfrentado a los gritos de los familiares de Detenidos Desaparecidos. Quiero creer que esas lágrimas que se le escapaban del alma eran de vergüenza. Tal vez eran de rabia. Después de todo, le gritaban como a cualquier otro delincuente.

Se murió ese hombre maldito y yo pienso que jamás se hará justicia. Ni aunque hubiese vivido los 500 años que le restaban de condena. Yo pienso que la justicia es memoria que guíe nuestros pasos. Y por eso me detuve a contar.

Por: María Elizabeth Cancino
Periodista y Licenciada en Comunicación Social
Universidad de Concepción