Voy y Vuelvo!!: Camión de Bomberos


Como regalo de navidad, un niño recibe el juguete de sus sueños. Es un camión de bomberos con luces de colores que se encienden apenas el chico activa el sonido de la alarma. En los costados, rueditas de repuesto y mangueras enrolladas. Las escaleras están dispuestas sobre la carrocería.

El niño se llama Juano y, por primera vez en sus cuatro años de vida, ve con satisfacción que Santa Claus le ha dejado lo que quería.

A medianoche, Juanito se retira a su habitación. La fiesta continúa en casa, pero el deseo de que pronto sea de día para poder usar el juguete moviliza al nene. No le importa la torta que aún espera en la mesa, ni el bullicio que hacen sus hermanas con las muñecas nuevas. Juanito piensa que si se va a la cama y cierra los ojos, se hará automáticamente la luz de la mañana cuando vuelva a abrirlos. Por mucho que intenta, no lo consigue.

Los primeros rayos del alba terminan con su martirio. Es tiempo de levantarse, vestirse, tomar el desayuno y salir a jugar.

Pero Juanito se salta los pasos que siguen al abandono de las sábanas. En polera y calzoncillos corre hacia el placard donde fue guardado el camioncito. Pasa por la cocina y duda frente a una manzana. Se decide por la caja de fósforos que está al lado de la hornalla. También agarra una jarra y la llena de agua.

El camión de bomberos se agita debajo de su brazo. Sus manos están ocupadas por un montón de lápices de colores que deja con cuidado sobre la alfombra del comedor. Encima de la mesa aún quedan vasitos plásticos y algunas guirnaldas se deslizan hasta la pequeña pila de lápices.

Las escaleras de juguete se expanden apretando un botón. Las mangueritas se desenrollan y se conectan por uno de sus extremos a un bombín. Juanito llena de agua la base del bombín.

El primer fósforo se prende y se apaga en un segundo. El Juano casi se quema al poner la caja de cerillos demasiado cerca de su pecho. Suelta el palito incendiado que cae en la alfombra y se consume sin dejar otro daño que el olor a pelo plástico quemado.

El sol sigue subiendo en el cielo azul del incipiente verano, y se oyen los ronquidos profundos de papá Juan.

El nene ha ubicado la caja de fósforos en el suelo. Y con uno de sus pies descalzos, fija su posición. Con una mano, sostiene un papel. Con la otra, saca uno de los palitos y lo frota contra la banda oscura de la caja. El fósforo se prende rabioso y le quema los deditos. Juano, otra vez e instintivamente, lo suelta.

El fósforo esta vez no se apaga, sino que se multiplica por cien unidades al caer sobre las cabezas de sus compañeros que descansan en la fosforera.

Juanito se apura en activar la alarma y se confunden las luces del juguete con las chispas de las guirnaldas alcanzadas por el fuego. Por más que la manito del niño empuja la bomba de agua, no sale ni una gota de las mangueritas.

El camión de bomberos espera en los brazos de Juanito. El fuego trepa por las guirnaldas hasta el mantel y desfigura los animales estampados en los vasitos plásticos. El nene mira como se deshacen los renos y se tapa la nariz porque le pica mucho el olor de tanto fósforo encendido.

De pronto, cierra los ojos. No sabe si está soñando. No quiere abrir los párpados. El color es anaranjado y tiene un poco de calor. “Así se ve el sol cuando uno cierra los ojos en la playa”. ¡Pero no puede ser un sueño, porque hay mucho ruido y lo mojan unos chorros de agua!.

Con mayor razón aprieta los párpados. Unos brazos lo agarran con fuerza y del puro miedo suelta el camioncito y se sostiene de esos brazos que lo alzan. No son los de papá Juan, porque papá no tiene ninguna campera así de gruesa, adornada con etiquetas y sujeta por cintos. Juanito sube sus manitos y alcanza lo que parece ser un casco. Ya no resiste y abre los ojos.

Como por arte de magia, el carro-bomba que sostenía se convirtió en uno de bomberos, gigante, estacionado frente a su patio. La alarma suena guiu guiu y las luces ciegan a quien osa mirarlas. Las mangueras parecen serpientes que escupen tanta agua como un grifo roto, y las escaleras no se deslizan con botones sino que unos hombres las mueven y giran y trepan para entrar a su casa que, inexplicablemente, se convirtió en una gran pila encendida de palitos de madera.

Ante tamaño evento, Juanito no piensa en otra cosa que en el incierto destino de su regalo navideño.

Por: María Elizabeth Cancino
Periodista y Licenciada en
Comunicación Social
Ilustración: Hans Garrino

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