
Encontré una tienda de guantes usados en el mercado de San Telmo, en Buenos Aires, después de meses de congelarme los dedos. Me gusta explorar las ciudades en función de lo que ofrecen sus mercados. En el de Santiago, está el paraíso de los frutos secos y los quesos. En el mercado central de Concepción, las mejores cazuelas de ave y vacuno. En Valparaíso, los más grosos platos de pescado frito y la variedadinfinita de los mariscos del pacífico. En el mercado del puerto, en Montevideo, Uruguay, el mejor espumante: el medio y medio. Exclusividad afrodisíaca de las costas del río de La Plata, que parece mar.
Me tiento con los guantes de San Telmo y quisiera también una boina vasca. ¡Y unos lentes de sol antiguos!. Me dan ganas de ser una Sofía Loren. Debe ser a causa de las alhajas, accesorios, gorros, prendedores finos y aros de cristal checo. Abrigos de
pieles y enaguas de encaje. Vestidos blancos de tul, zapatos de charol.
Los pañuelos y bolsos exhiben figurines (animales exóticos y ojos de damas cautivantes). Los abanicos con motivos chinos y franceses. Los collares de perlas cuelgan del extremo de los toldos y se mezclan con los colores de las frutas que yacen en los puestos del fondo.
Encontré una tienda de guantes de cuero, bordados o de hilo. Guantes finos. Sólo me calzaría aquellos guantes de señorita. Por suerte en esta tienda son baratos porque son usados, de mujeres que seguramente han muerto, pero que tal vez fueron mujeres fatales, elegantes, glamorosas.
A veces soy una de esas, a causa de mi madre, la más hermosa y delicada de las damas.
Elegí unos de color café. Los envolví junto a una carta y los mandé a Chile como obsequio para mi hermana Lilo, que se convirtió en actriz.
Siempre supimos que la “Rucia” iba a ser artista. Tiene algo de diva, la belleza y la melancolía justas de las estrellas. Si hasta se parece a Audrey Hepburn…
Andrés Cancino, por supuesto, la acompañó en su examen de egreso: una obra de teatro con todas las de la ley. Claro que para él las cosas no salieron tan bien, porque a buena excusa, padre y madre arribaron a la capital a aplaudir a la hija del medio y aprovecharon a llevarse al adolescente de un ala de vuelta a provincia.
Ahora los tres sueñan con que la actriz aparezca en teleseries de la noche, aunque preferirían que no se quite la ropa. Sobre todo el hermano chico, que jamás ha soportado los escotes ni las minifaldas. A él le gustan las minas raras, con trapos adornándoles la cabeza, las minas guapas que saben fruncir el ceño y ponerse serias, tercas y apasionadas como la “Rucia”.
Seguramente mi hermano sufre de algo parecido al “Edipo”. La tragedia de Sófocles nos habla de un hombre enamorado de su madre, ignorante del lazo sanguíneo que, tras descubrirlo, se arranca los ojos. La psicología, incapaz de inventar nombres propios, tomó esta ficción para designar el fenómeno de los niños que focalizan sus deseos en la figura materna.
Andrés debió confundirse de hembra aquella tarde de invierno cuando, de aburridas, nos dedicábamos a actuar melodramas con la “Rucia”, que confesaba entre lágrimas al bebito: “Yo soy tu mamá…”
Puras mentiras, cabezas de pescado y realidades novelescas para adornar nuestra espera de niñas. La esperanza de que algo pase, de que algo cambie en las calles inmóviles del frío Cauquenes. Frío. Para estrenar mis tibios guantes de segunda mano comprados en el mercado de San Telmo.
